La escalada militar alrededor de Irán, con una ofensiva liderada por Estados Unidos e Israel que ya supera más de un mes, ha sacudido los mercados globales. El bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, un corredor clave para el transporte marítimo de hidrocarburos y de insumos agrícolas, ha provocado saltos abruptos en los precios de la energía y en materias primas vinculadas a la industria y la agricultura.
Distintos organismos internacionales, entre ellos el FMI, la ONU y la aseguradora de riesgos Coface, alertan de un efecto dominó: la presión sobre los combustibles se traduce en aumentos de costes para procesos industriales y en mayores riesgos para la seguridad alimentaria en países vulnerables.
Canales de transmisión: energía, logística y producción industrial
El impacto parte del alza en el precio del petróleo y del gas natural, que según informes recientes se han incrementado de forma intensa en el último mes (con subidas aproximadas del 44% en el crudo y del 85% en el gas).
Ese encarecimiento actúa como un impuesto súbito sobre los costes de producción: incrementa el transporte, eleva las facturas energéticas de las fábricas y encarece insumos derivados del crudo.
Aumento de precios en insumos clave
Derivados petroquímicos como la nafta, utilizada para plásticos y disolventes, han registrado subidas muy relevantes (una tonelada ronda ahora 1.000 dólares en Singapur, más de un 60% desde el inicio de la ofensiva). También se han visto afectados aluminio y minerales industriales que son esenciales para sectores como la automoción y la construcción; el aluminio, por ejemplo, aceleró una tendencia alcista que ya mostraba un aumento cercano al 25% interanual.
Riesgos de contagio a minería y manufactura
El encarecimiento energético repercute en el precio de insumos mineros: el azufre, clave para procesos como la lixiviación en la extracción de cobre y níquel —materia prima para baterías eléctricas—, subió alrededor de un 25% en un mes, poniendo en tensión a productores dependientes en Chile, República Democrática del Congo e Indonesia. Riesgo de contagio es la expresión que usan analistas para describir cómo un choque en energía se propaga por la cadena productiva.
Fertilizantes y seguridad alimentaria
Una de las consecuencias más preocupantes se concentra en el sector agroalimentario. Aproximadamente un 33% del comercio marítimo de fertilizantes transitaba por el estrecho de Ormuz, y la región del Golfo concentra cerca del 19% de las exportaciones mundiales de fertilizantes nitrogenados y el 36% del volumen global de urea. El cierre o la interrupción de esas rutas eleva costes y restringe suministros justo cuando comienza la temporada de siembra en el hemisferio norte.
Costes de producción y vulnerabilidad regional
El principal detonante del encarecimiento es el gas natural, que representa hasta el 80% de los costes de fabricación de fertilizantes nitrogenados. Si la presión sobre los precios del gas perdura, el aumento en el coste de los fertilizantes afectaría rendimientos y se traduciría en precios de alimentos más altos, con efectos particularmente agudos en África, Asia-Pacífico y América Latina.
Repercusiones macroeconómicas y financieras
El FMI advierte que el mundo enfrenta otro choque que puede combinar inflación superior y menor crecimiento. El encarecimiento sostenido de la energía y alimentos tiende a alimentar la inflación y a erosionar la demanda, y si expectativas de precios se ajustan al alza, se corre el riesgo de una mayor inercia inflacionaria que complique las decisiones de política monetaria.
En los mercados financieros ya se observan síntomas: caídas en bolsas, aumentos en los rendimientos de bonos y mayor volatilidad, lo que eleva el coste de financiación y complica la refinanciación en economías con balances más débiles. En ese contexto, la capacidad de absorber el impacto será desigual: algunos exportadores de materias primas y economías con reservas amplias podrán capear mejor la tormenta, mientras que países importadores y con márgenes fiscales estrechos verán tensiones más severas.
En conjunto, la guerra en Irán ha activado una cadena de efectos que van desde el surtidor de combustible hasta el precio del pan. Mantener abiertas las rutas, asegurar suministros y coordinar apoyos internacionales será clave para mitigar un impacto que, por su naturaleza, no se distribuye de manera uniforme.