La discusión sobre recursos para clima ha dejado de ser solo técnica y se ha vuelto política y práctica. Un análisis de ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD) alerta que el aparente crecimiento de la financiación climática podría deberse, en gran medida, a decisiones de clasificación y presentación en los reportes, más que a un flujo adicional de recursos.
Esta distorsión no es trivial: si los apoyos no son realmente nuevos, los países en desarrollo enfrentan una carga doble: adaptarse al cambio climático mientras pierden espacio fiscal para otras prioridades de desarrollo.
El informe pone énfasis en la necesidad de claridad contable para restaurar la confianza.
En un contexto donde los donantes tienen presiones fiscales crecientes y múltiples demandas presupuestarias, la forma en que se reportan los montos importa tanto como los propios compromisos. La cuestión central es la adicionalidad, entendida como fondos nuevos que se entregan además de la ayuda tradicional, y no como reasignaciones dentro de partidas ya existentes.
De dónde proviene el aumento: reetiquetado frente a recursos nuevos
Los datos revisados por UNCTAD muestran que gran parte del gasto identificado como climático sale del mismo banco de recursos de la asistencia oficial para el desarrollo (AOD). Entre 2009 y 2026 la AOD creció de 133.000 millones a 235.000 millones de dólares, pero esa cifra global oculta movimientos internos. Al excluir gastos como atención a refugiados en países donantes y apoyo a Ucrania, la AOD medida como proporción de la renta nacional bruta descendió del 0,33% al 0,30%. Esto sugiere que el incremento nominal no siempre se traduce en mayor esfuerzo relativo.
El costo de priorizar clima dentro de la AOD
Si se ajusta la AOD por lo que se etiqueta explícitamente como financiación climática, la asistencia que no es climática disminuyó del 0,31% de la RNB en 2009 al 0,25% en 2026. En términos prácticos, esto significa que proyectos y partidas antes dedicados a salud, educación o infraestructuras pueden haber sido reclasificados como climáticos, sin incrementar el total de recursos disponibles. Para los receptores, el efecto es la sustitución de prioridades de desarrollo por iniciativas evaluadas como clima.
Prácticas contables que inflan los números
El informe identifica dos mecanismos clave que elevan las cifras reportadas: la doble contabilización y la reclasificación de proyectos. Muchos programas con objetivos múltiples se registran simultáneamente como AOD y como apoyo climático, lo que aumenta los totales agregados sin añadir fondos. Además, los cambios en criterios de registro —por ejemplo, el uso ampliado del marcador de Río— han hecho que proyectos parcialmente relacionados con clima pasen a contar como financiación climática.
Ejemplos numéricos
La AOD bilateral marcada con el marcador de Río para objetivos climáticos aumentó de 5.700 millones de dólares en 2009 a 27.700 millones en 2026, mientras que la proporción de AOD bilateral clasificada como relacionada con el clima subió del 6% al 16%. Gran parte de ese salto corresponde a iniciativas donde el clima es uno entre varios objetivos y no el foco principal, lo que evidencia cómo la clasificación puede alterar la percepción del flujo real de recursos.
Restaurar confianza: propuestas para mayor integridad
Ante estas tendencias, UNCTAD reclama normas contables comunes y transparencia reforzada. Entre las recomendaciones figura definir con mayor precisión qué constituye financiación adicional, armonizar criterios de reporte para evitar la doble contabilización y mejorar la comparabilidad entre proveedores. Estas medidas facilitarían comprobar si los compromisos climáticos se suman a la AOD o si, por el contrario, la desplazan.
Implicaciones políticas y prácticas
Para que la meta de movilizar 1,3 billones de dólares anuales en financiación climática para 2035 tenga sentido, los flujos deben ser reales, medibles y adicionales. Los países desarrollados deben cumplir simultáneamente con sus compromisos de AOD y con sus objetivos climáticos, aumentando el volumen total de apoyo en vez de redistribuir partidas existentes. Solo así la financiación climática podrá apoyar, y no competir con, las prioridades de desarrollo en economías vulnerables.
En resumen, el debate ya no es solo cuantitativo sino metodológico: la credibilidad del sistema de financiación climática depende de que los números reflejen recursos genuinos. Si se adoptan reglas contables claras y un estándar común de transparencia, será posible evaluar de forma fiable cuánto de la financiación reportada es verdaderamente nueva y cuánto corresponde a cambios de etiqueta que generan ilusión de apoyo.