Cómo los monopolios intelectuales ponen en jaque la soberanía tecnológica europea

Cecilia Rikap analiza cómo la captura del conocimiento por parte de las grandes tecnológicas condiciona la economía, la política pública y el futuro del estado de bienestar en Europa

La discusión sobre inteligencia artificial, datos y poder corporativo ha cambiado de tono: ya no se trata solo de innovación sino de quién controla el conocimiento que guía decisiones públicas y privadas. La investigadora Cecilia Rikap, vinculada a la Universitat de Barcelona y a la University College London, acuña el concepto de monopolio intelectual para describir a aquellas empresas que no solo generan tecnología, sino que dominan la ciencia, los datos y las redes de colaboración que permiten recombinar saberes a escala global.

Este fenómeno plantea preguntas sobre la soberanía digital, la capacidad del Estado y la salud de las democracias ante una concentración extrema de recursos cognitivos.

En su diagnóstico, los gigantes tecnológicos no se limitan a producir internamente: externalizan procesos y configuran cadenas de valor donde universidades, centros públicos de investigación y start-ups aportan piezas del rompecabezas; las grandes empresas, en cambio, disponen de la estructura para recomponer ese rompecabezas a su conveniencia.

Por eso, la problemática no es simplemente la propiedad formal del dato o la plataforma: es el control estratégico sobre quién decide qué conocimiento se hace público, qué se libera como software abierto y qué queda como ventaja competitiva. Ese control restringe la generación de nuevo conocimiento y condiciona opciones sociales y políticas.

Centro, semicentro y periferia: una geografía del poder tecnológico

Rikap traza una cartografía económica donde al centro están las empresas estadounidenses y chinas que concentran infraestructura, talento y capital; en un semicentro aparecen multinacionales especializadas que dependen de servicios en la nube y canales de venta dominados por las primeras; en la periferia se hallan actores que pierden capacidad de decisión sobre sus propias cadenas de valor. Europa, pese a contar con empresas relevantes en industrias concretas, tiende a configurarse como satélite: muchos organismos públicos y centros de investigación terminan produciendo conocimiento que nutre un ecosistema dominado por actores foráneos, lo que agrava la dependencia tecnológica y limita la autonomía estratégica del continente.

Estado, mercado y coaliciones público-privadas

La relación entre gobiernos y grandes tecnológicas es ambivalente: por un lado, los Estados necesitan capacidades técnicas que hoy proveen estas empresas; por otro, su influencia sobre políticas y decisiones públicas transforma a esas corporaciones en actores geopolíticos. Rikap destaca que las entradas estatales en empresas clave —sea por rescates o inversiones estratégicas— reconfiguran alianzas y evidencian que la frontera entre interés público y privado se vuelve difusa. Además, la cooperación entre el poder político y la industria tecnológica no siempre es armoniosa, pero suele sostener coaliciones que trascienden administraciones y condicionan regulaciones.

Proteccionismo, tecnonacionalismo y alternativas

Frente a la captura de conocimiento, la respuesta fácil sería levantar barreras: sin embargo, Rikap advierte que el tecnonacionalismo no es la solución. Empresas europeas como SAP o Siemens pueden actuar como satélites dentro de cadenas controladas por gigantes foráneos; la nacionalidad de la firma no garantiza autonomía ni respeto por el bien público. En lugar de apostar por unos pocos ganadores locales, la propuesta es reflexionar sobre qué tecnologías queremos y cómo gobernarlas: una política que priorice la soberanía digital debe incluir debate sobre quién produce tecnología, con qué fines y cómo se incorporan la educación, la salud y la emergencia climática en esa agenda.

Riesgos sociales y oportunidades políticas

Entre las amenazas más relevantes para la economía europea Rikap señala el debilitamiento del estado de bienestar, que puede acelerarse si gana terreno la ultraderecha y se abandonan redes públicas de protección social. Ese retroceso social coincide con la concentración tecnológica, que puede aumentar desigualdades y reducir capacidad de respuesta frente a crisis ecológicas o sanitarias. No obstante, existe una ventana de oportunidad: el reconocimiento público de la dependencia frente a EEUU y China puede impulsar una discusión estratégica sobre modelos tecnológicos compatibles con valores europeos, priorizando la democracia, la dignidad y la resiliencia social sobre la carrera por maximizar productividad a cualquier costo.

Medidas prácticas y debates pendientes

Entre las medidas que emergen del debate: auditar algoritmos para mitigar efectos adictivos y discriminatorios, fortalecer nubes públicas para servicios críticos y diseñar políticas industriales que no reproduzcan la dependencia. Rikap participó como asesora en la estrategia digital de Brasil, donde la intención de evitar dependencia de proveedores extranjeros se reveló compleja; casos así muestran que la solución requiere más que voluntad: demanda capacidades públicas, cooperaciones internacionales y claridad sobre qué se protege y por qué. En marzo publica su nuevo libro, Teoría de la Dependencia Digital, donde amplía estas propuestas y llama a un debate político profundo que privilegie la democracia frente a modelos autoritarios.

En síntesis, la captación del conocimiento por parte de las Big Tech plantea desafíos técnicos, económicos y éticos. No basta con regular: es necesario construir opciones de soberanía digital que vinculen tecnología con políticas sociales y ambientales. Europa dispone de recursos —un mercado interno relevante y logros históricos en derechos sociales—, pero para aprovecharlos requerirá repensar prioridades, identificar tecnologías acordes a sus valores y reconstruir capacidades públicas para decidir su propio rumbo en la era digital.

Scritto da Staff

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