La cumbre celebrada recientemente reunió a mandatarios europeos que, ante la creciente competencia global y las tensiones geoeconómicas, han puesto sobre la mesa la idea de avanzar en la integración sin depender siempre del consenso total de los 27. La propuesta, impulsada por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, plantea llevar a la práctica la posibilidad de una cooperación reforzada para vencer bloqueos y agilizar decisiones estratégicas en materias económicas y regulatorias.
Durante décadas, la necesidad de unanimidad ha ralentizado proyectos que afectan al mercado único y a la capacidad de las empresas europeas para acceder a financiación y operar en condiciones homogéneas. Ante esa realidad, los líderes admitieron que no siempre será posible esperar a que los 27 países estén alineados y que el mecanismo previsto en el Tratado de Lisboa puede ser una herramienta válida para quienes decidan avanzar juntos.
Por qué se plantea la cooperación reforzada
La discusión parte de una preocupación compartida: la fragmentación interna está limitando la competitividad europea frente a potencias como Estados Unidos y China. En sectores clave —desde la financiación empresarial hasta las cadenas de suministro de materias críticas— las diferencias regulatorias y las barreras nacionales impiden que las empresas aprovechen el potencial del mercado único.
De ahí que se valore más el recurso a fórmulas que permitan a un grupo de países impulsar reformas sin quedar paralizados por veto de terceros.
Objetivos concretos y ámbitos prioritarios
Los mandatarios identificaron varias áreas en las que buscan resultados rápidos: crear una verdadera unión de ahorros e inversiones para facilitar el acceso al capital, armonizar normas técnicas mediante un régimen único que facilite el registro empresarial y mejorar la integración del sector energético para abaratar costes y asegurar suministro sostenible. Además, se promueve el avance en el ámbito digital y tecnológico, con iniciativas relacionadas con semiconductores, nube e inteligencia artificial.
Plazos y condiciones
En el ejercicio de realismo político que propusieron los líderes, se fijó un horizonte para probar el camino: se buscarán progresos antes de activar una fórmula de dos velocidades. Si las negociaciones no producen resultados suficientes, se baraja iniciar la cooperación reforzada, que requiere el respaldo de al menos nueve Estados miembros según el Tratado de Lisboa. Este umbral asegura una base mínima de apoyo sin imponer la unanimidad absoluta.
Medidas para eliminar trabas y simplificar reglas
La otra gran pata del acuerdo es la reducción de la carga normativa. La Comisión y las capitales acordaron impulsar una ola de simplificación para suprimir obstáculos administrativos y combatir la práctica conocida como gold plating, donde cada Estado añade requisitos nacionales sobre la normativa europea, creando 27 versiones distintas del mismo marco regulatorio. Se considera esencial armonizar la implementación para que las empresas operen en un terreno predecible y menos costoso.
Preferencia europea y debates políticos
Entre las propuestas figura la idea de priorizar la preferencia europea en determinados contratos y sectores estratégicos, una medida que busca reforzar la autonomía industrial y la inversión interna. Sin embargo, algunos Estados pequeños y varios socios nórdicos han mostrado reticencias por el riesgo de sesgos proteccionistas que beneficien a grandes empresas frente a proveedores externos o empresas nacionales más pequeñas.
La voluntad expresada por los grandes países de la Unión y el apoyo explícito a la idea de cambiar métodos de decisión reflejan una nueva dinámica política: dejar de culpar a Bruselas por la parálisis y asumir la responsabilidad nacional de avanzar o no. Los líderes son conscientes de que, si optan por la vía de la cooperación reforzada, los éxitos y fracasos tendrán responsables claramente identificables a nivel nacional.
Finalmente, la cumbre dejó claro que la intención no es renunciar a la ambición de acuerdos entre los 27, sino utilizar las herramientas del Tratado cuando la falta de consenso ponga en riesgo la competitividad europea. El reto inmediato será concretar medidas acordadas, medir su impacto y decidir si, llegado el caso, se recurre a una Europa a dos velocidades para mantener el pulso frente a los retos globales.