La tensión en torno al estrecho de Ormuz ha vuelto a poner sobre la mesa un riesgo clásico para la economía global: la interrupción del transporte de hidrocarburos. Por ese canal pasan casi 20 millones de barriles diarios, de los que aproximadamente 3,4 millones corresponden a la producción directa de Irán y el resto procede de otros países, según datos de la Agencia Internacional de la Energía.
Entender qué capacidad existe para reemplazar ese flujo y cómo reaccionan los mercados determina en buena medida el impacto sobre el precio del petróleo y, por extensión, sobre la inflación mundial.
Este texto desglosa las alternativas disponibles, plantea tres escenarios plausibles y evalúa la exposición diferenciada por regiones.
Empleamos cifras concretas —capacidad ociosa de la OPEP, reservas estratégicas, producción de Estados unidos— y explicamos por qué algunos países sufrirán más que otros. El objetivo es ofrecer una visión práctica: qué puede esperarse en precios, cuáles son las palancas para contener el efecto y qué factores geopolíticos son determinantes para la evolución futura.
Cómo se redistribuye el suministro si Ormuz deja de operar
El riesgo real no es solo la corriente que pasa por Ormuz sino la capacidad alternativa para sostener la oferta. Existe una capacidad ociosa registrada en la OPEP cercana a los 4,3 millones de barriles diarios, y las previsiones contemplan un exceso de oferta adicional de hasta 2 millones por efectos de reconfiguración para 2026. Además, rutas alternas y la producción de otros socios podrían aportar alrededor de 9 millones de barriles diarios. Eso deja en duda unos 8 millones de barriles, menos del 10% del suministro global, cuya ausencia sería la variable crítica.
Tres escenarios plausibles
1. Recuperación rápida de la normalidad
Si la situación se estabiliza en el breve plazo, el ajuste en los mercados suele ser inmediato. Los precios del crudo pueden volver a niveles previos con rapidez, como ya ha ocurrido en episodios anteriores tras declaraciones políticas tranquilizadoras. En este contexto los mercados de futuros y la cobertura mediante derivados actúan como mecanismos de amortiguación, limitando la transmisión inmediata a los precios al consumo y moderando el impacto sobre la inflación.
2. Interrupción prolongada y sustitución gradual
Con un bloqueo más largo, la oferta adicional de nuevos productores (Venezuela, Estados Unidos, Brasil, Argentina) junto con la liberación de reservas estratégicas —el inventario acumulado de cerca de 1.800 millones de barriles, del que ya existe acuerdo para liberar 400 millones si fuera necesario— puede mitigar la escasez. Esa reserva equivaldría a unas 90 días de importaciones netas de los miembros de la AIE. En este escenario los precios podrían mantenerse en torno a los 90–100 dólares por barril durante un tiempo antes de tender a reducirse estructuralmente hacia cotas más bajas.
3. Escenario severo: contagio regional y shock estructural
Si el conflicto se extiende a Estados vecinos o las alternativas logísticas fracasan, el choque puede adoptar carácter persistente. En ese caso es plausible ver un Brent claramente por encima de los 120 dólares, con una inflación sostenida en numerosos países. La clave geopolítica es doble: estabilizar Ormuz con rapidez y evitar la expansión del conflicto a países limítrofes que agravarían la interrupción del suministro.
Impacto por regiones y factores nacionales
Estados Unidos
La economía estadounidense está cada vez menos expuesta a los vaivenes del golfo Pérsico: solo el 7% de sus importaciones proviene del área y su producción se sitúa en torno a 13,6 millones de barriles diarios. Ese menor vínculo con Oriente Próximo, más una fuerte demanda de crudo que suele fortalecer al dólar, deja a Estados Unidos en una posición relativa de fortaleza. No obstante, los rendimientos del bono a 10 años han subido desde el 3,9% hasta el 4,2%, reflejo de expectativas inflacionarias algo elevadas, mientras permanece el debate sobre el papel de la Reserva Federal y el relevo en su dirección durante este año.
Europa y España
La Unión Europea importa solo una fracción del petróleo y gas por Ormuz —según el IFO, alrededor del 6,2% del petróleo— y tiene proveedores sustanciales fuera de la zona de riesgo. Aun así, Europa corre el riesgo de ver una subida temporal de la inflación, lo que le da margen de reacción al Banco Central Europeo. En el caso de España, la exposición directa desde el golfo es reducida (8%), la mitad de sus importaciones proceden de América y su sistema de refino es flexible. El impacto más visible será en precios: carburantes ya subieron en torno al 10% en marzo y las previsiones apuntan a que la inflación podría superar el 3% en primavera, con un pico estimado cerca del 3,3% entre mayo y junio.
Emergentes y productores de reemplazo
Países muy dependientes del flujo por Ormuz —Japón, Corea del Sur, India, China— sufren el impacto directo por la mayor proporción de sus importaciones afectadas. En contrapartida, economías de América del Sur con incremento de producción —Argentina, Brasil, Venezuela— se sitúan como posibles proveedores que pueden compensar parte del déficit. La rapidez con que estas cadenas se adapten determinará la gravedad del choque global.
En definitiva, la situación es manejable si Ormuz se estabiliza pronto o si las fuentes alternativas y las reservas estratégicas funcionan como colchón. El peor riesgo es el contagio regional que transforme una disrupción temporal en un problema estructural para los precios y la inflación mundial.